Santísima trinidad

Qué gran acierto celebrar la Fiesta de la Santísima Trinidad el domingo siguiente a Pentecostés, pues es el Espíritu el que hace presente a Jesús en la comunidad. Es el soplo que nos llena, nos hace abrir las puertas cerradas y salir a hacer discípulos, a proclamar el Evangelio a todas las personas y a todos los pueblos: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. »

Hoy Jesús nos da la clave de nuestra vida como discípulos, de nuestra vida como cristianos. Jesús no quiere unos discípulos parados, unos discípulos metidos en casa, con miedo, con las puertas cerradas. No, Jesús nos envía: “Id”, nos mueve, nos saca de casa, nos saca de nuestras comodidades – nos lleva al monte -, nos hace arriesgar como Él arriesgó, y, al igual que en Pentecostés, en este envío vuelven a estar presentes junto a Él, el Padre y el Espíritu: “Id y haced discípulos… en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

Aquí es donde yo veo la clave de la Trinidad: en la “Unidad”. Toda la vida de Jesús transcurre en esta Unidad entre Él, el Padre y el Espíritu, y ésta es la misma unidad que Jesús pidió al Padre antes de ser entregado: “Como tú, Padre, estás en mí y yo en Ti, que ellos también sean uno en nosotros

En definitiva, esto es a lo que estamos llamados: a hacer Unidad, a salir de casa, salir de nuestras comodidades, proclamar su mensaje, ser testimonio y, a ejemplo de la Trinidad, ser Iglesia Unida: ser Uno en el Padre, el Hijo y el Espíritu.

No quiero terminar sin recordar una oración Irlandesa que dice así:

Tres pliegues en una sola tela, pero no hay más que una tela.

Tres falanges en un dedo, pero no hay más que un dedo.

Tres hojas en un trébol, pero no hay más que un trébol.

Escarcha, nieve, hielo…, los tres son agua.

Tres personas en Dios son, asimismo, un solo Dios.

 

Anuncios