¿Qué nos puede ocurrir a la hora de situarnos en el adviento?

Primero: que lo vivamos como una repetición y rutinariamente. Sin más trascendencia que unas fiestas, que están por venir, y que pueden resultar agobiantes, machaconas, banales y hasta estériles. Ello nos llevará, no solamente a tener unas almas a la intemperie sino, además, a la cruda realidad de unos bolsillos vacíos. ¿Queremos esta falsa esperanza? Me imagino que no. ¿Queremos una canasta de la compra llena, o un corazón colmado de Dios?

Segundo: podemos entender estas cuatro(4) semanas de adviento, como el pregón de unos días en los que, las tradiciones o el folklore, juegan un papel importante en muchos lugares de nuestro orbe cristiano, pero sin más consecuencia u objetivo que el mantener algo que, hace tiempo, que dejó de tener vigencia. El adviento, y no lo olvidemos, tiene un gran encaje: prepararnos al acontecimiento del amor de Dios en Belén.

Y tercero: adentrarnos en el Adviento es desear a voz en grito, que Dios baje a la tierra. Es querer una realidad distinta a la que nos toca vivir. Es añorar para nuestro mundo una mano que enderece lo torcido. Es mirar hacia el cielo pidiendo a Dios que se manifieste en medio de nosotros. ¡Este es el momento que tenemos que vivir!

VEN SEÑOR, NO TARDES…

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