La Muerte

La experiencia de la muerte suscita problemas graves y con frecuencia angustiosos. En general procuramos evitar cuidadosamente que se hable de la muerte, y nos apresuramos con escándalo a acallar a todo aquel que quiere recordárnosla. Cuando hablamos de la muerte nos referimos casi siempre a la muerte de los demás.

Esta actitud se encuentra en un amplio sector de nuestra Parroquia. El problema de la muerte no es cuestionado, y en el sentido y la responsabilidad de la propia vida. En muchos de nuestros cristianos se cumple aquello del “comamos y bebamos que mañana moriremos”.

Sucede con frecuencia que cuando esta realidad se asoma a la vida de cualquiera, bien por la muerte de alguien próximo o la amenaza de la propia muerte, las personas no saben cómo reaccionar. Muchos se vuelven contra Dios culpándolo de ella o caen en una desesperación hacia el vacío.

En parte, esta situación se debe al engaño de la cultura reinante que oculta sistemáticamente el sufrimiento y no tiene argumentos para asumir las mordeduras del mal, sobre todo del mal radical: la Muerte.

Algunas encuestas señalan que va creciendo el número de los que, incluso llamándose cristianos, manifiestan no creer en la vida eterna o en el destino supraterreno de la persona.

Otros, por culpa de una catequesis deficiente y una nula conciencia de la justicia de Dios y la libertad del hombre, hacen poco caso a las palabras del Apóstol cuando dice que todos tenemos que comparecer ante el tribunal de Cristo, cada uno para recibir la recompensa de las obras realizadas mientras estábamos en el cuerpo, sea para bien o para mal (Cf 2 Cor 5, 10; Jn 5, 2829).

Anuncios