Las preguntas de cuaresma

¿Qué es mi vida? ¿Qué llena mi vida? ¿Qué da sentido a mi vida? ¿Qué tengo en las manos en este momento? ¿Qué siente mi corazón? ¿Qué es lo que realmente me llena, me plenifica, me da aire para sentirme a pleno pulmón? Éstas son las preguntas importantes de Cuaresma.

Las preguntas nos pueden llegar porque el corazón las dicta en el silencio y las escuchamos o porque hacemos algo y nos preguntamos: ¿Por qué hago esto? ¿Qué sentido tiene? Cuando nos preguntamos por el sentido de algo que hacemos, acabamos, a veces, preguntándonos por el sentido de nuestra propia vida.

Nada de lo que el Evangelio nos invita (no digo manda) hacer es para fastidiarnos. Aunque nos fastidie hacer algo, nunca su fin es fastidiar por fastidiar. Si el Evangelio nos lleva a hacer algo que cuesta es para amar, para entregar la vida, para olvidarnos de nosotros y dar importancia al otro. El Evangelio nos desinstala de nosotros y nos centra en el otro y en el Otro. El Evangelio termina haciéndonos más «divinos», más estilo «Jesús de Nazaret». Es el final y la finalidad del Evangelio.

El pasaje del Evangelio en el que un joven se encuentra con Jesús y le pregunta a Jesús qué es lo que tiene que hacer. Jesús le dice que cumpla los mandamientos. El joven responde que eso ya lo hace, pero siente ganas de más. Entonces Jesús le propone: «Empobrécete a favor de otros; entrégate más a mí». Ante esto, el joven se echó para atrás… (Lc 18,18-29). Era demasiado. No quería tanto. Se quedó en medianía.

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