La ciudad mágica

Érase una vez un hombre harto de todo. Así que decidió dejar su pueblo natal y se puso en camino en busca de la ciudad perfecta, la ciudad mágica. Allí, pensaba, todo sería diferente, nuevo, hermoso y lleno de recompensas.

En su viaje llegó a un bosque. Se acomodó para pasar la noche y comió un bocado. Antes de dormir se quitó los zapatos y con mucho cuidado los colocó señalando la dirección que iba a tomar a la mañana siguiente.

Mientras dormía pasó por allí un bromista y cambió los zapatos de dirección. Cuando nuestro hombre se despertó se calzó y continuó su viaje hacia la ciudad mágica.

Después de muchos días llegó a la ciudad mágica. Sin embargo no era tan grande como la había imaginado.

Encontró una calle conocida, llamó a una puerta conocida, saludó a una familia conocida y allí se quedó y vivió muy feliz y para siempre.

Nosotros andamos también buscando a Dios en la ciudad mágica, muchas veces en las nubes. Pero el creyente lo encuentra aquí y ahora, donde está plantado, en lo cotidiano.

Como el hombre, en busca de la ciudad mágica, nosotros también necesitamos que alguien oriente nuestros zapatos cada mañana en la dirección de nuestra casa, nuestra familia, nuestra iglesia, nuestro Dios.

Tenemos que encontrar a Dios no en la ciudad mágica sino en esta ciudad,

No en las nubes sino en la tierra,

No en las ideas sino en la vida,

No sólo en la iglesia sino también en la casa.

En la familia y en el trabajo.

Dios es todo y está en todo, incluido nuestro pecado.

Dios Padre pronunció una sola palabra: Jesucristo.

Y Jesucristo, en su despedida, pronunció una sola palabra: Espíritu Santo.

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