La ascensión de Jesús

Celebrar la Ascensión de Jesús no es celebrar una despedida, una ausencia. Jesús no tiene que volver, siempre está presente, presente en la Palabra, presente en los sacramentos, presente en la asamblea que formamos y presente en cualquier gesto de amor.

Todas nuestras oraciones terminan siempre con la misma invocación: Por Jesucristo nuestro Señor. En la vida del cristiano nadie tan presente como Cristo, el ascendido a la derecha del Padre y siempre presente en su Iglesia.

Celebrar la Ascensión es celebrar la Resurrección de Cristo que es victoria sobre la muerte, muerte compartida ya desde nuestro bautismo.

Resurrección, Ascensión, Pentecostés, tres enseñanzas y un solo acontecimiento: la coronación de Cristo como Señor de la Nueva Creación.

Los discípulos se despidieron de Jesús, pero no se olvidaron de su Maestro, no guardaron en un álbum sus recuerdos, no se encerraron a llorar su ausencia, sino que, guiados por el Espíritu, proclamaron el Evangelio por todas partes. Como más tarde dirá Pablo: “Todo lo he llenado del Evangelio de Cristo”.

Jesús, el predicador del Reino de Dios, es ahora predicado en todas partes. La Iglesia entera, todos nosotros los seguidores de Jesús, los que celebramos su Ascensión a la derecha de Dios, somos sus embajadores, los que hemos recibido la misión de continuar su tarea, los portadores de la Buena Noticia del perdón y del amor.

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