Imitemos a José

No puede ser simple coincidencia que se reunieran en el hogar de Nazaret, tres seres humanos cuyos nombres significan ¨La elegida de Dios¨, “Dios me ayuda” y ¨El Salvador¨. Dios no podía dejar a merced de la casualidad, la familia terrenal donde nacería su hijo.

José hizo honor a su nombre; se puso en las manos de Dios y por eso pudo lograr lo que a los ojos terrenales sería imposible. Se constituyó en el depositario de los misterios divinos.

En Mateo 1, 19 podemos leer: “Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto¨. Ello significa que por justicia, más la confianza depositada en Dios, José aceptó a María con el hijo de Dios en sus entrañas. Respetó en silencio, la decisión de Dios y no quiso mancillar la obra maravillosa de la Encarnación de Jesús. Aceptó un amor y un matrimonio virginales. Es como si en José justicia y castidad fueran de la mano y ello le hubiese permitido ser un buen esposo y un buen padre. Para Dios y para quien cree en Él, todo es posible.

Efectivamente José estuvo en los más importantes momentos de la vida de Jesús y de María. Podríamos preguntarnos, entonces, ¿por qué no acompañó a María hasta el sufrimiento de la Cruz y la Gloria de la Resurrección?

Me atrevo a responder, que de acuerdo con los designios de Dios no era necesario. Veamos por qué…La Sagrada Escritura menciona a José desde el pasaje de la Anunciación; está presente en el momento de la circuncisión del niño Jesús donde escucha, junto con María, la dolorosa profecía del anciano Simeón. Lleva a María hasta Belén para el censo; allí nace Jesús; huyen a Egipto; regresa con María y Jesús y se instala en Nazaret, comparte la angustia de la pérdida de Jesús, a sus doce años, en el Templo de Jerusalén y allí, justo allí donde la Sagrada Escritura entra en un divino silencio sobre la persona de Jesús, José desaparece. Ha cumplido su misión; ha custodiado la virginidad de María y la vida de Jesús. Ha llegado al final de su protección terrenal, luego de la cual Jesús es el centro de la Sagrada Escritura, al iniciar su Vida Pública, para mostrar lo que era: El Hijo de Dios.

De esta manera cumplió José la misión encomendada por Dios: el guardián de los más preciados tesoros celestiales: Jesús y María.

Este es nuestro Santo Patrón.  ¡Imitémosle!

 

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