Semana Santa y Pascua

Cada celebración de la Semana Santa y de la Pascua (de año en año, de semana en semana, y los que llevamos…) nos renueva. En cada celebración de la Pascua deberíamos dejarnos renovar, por dentro y quizá incluso por fuera. Cuando alguien renueva su vida se le nota hasta en su aspecto.

El camino de renovación lo recorremos de la mano de Jesús. Con él, entraremos en Jerusalén. Veremos cómo lava los pies a sus discípulos. Recibiremos de él el memorial de su muerte. Con Pedro le seguiremos de lejos en su pasión. Adoraremos el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la Salvación del mundo. Y, en la noche más santa, con Jesús, reviviremos el paso del Mar Rojo del bautismo, guiados por él mismo, la “columna de fuego” que va delante de nosotros. Con Jesucristo seremos sepultados (él en el sepulcro, nosotros en el agua); con él, el resucitado de entre los muertos, emprenderemos una nueva vida.

En el centro, una noche. La más hermosa del año. La noche de Pascua. Aquella noche cuando más se manifiesta el amor de Dios por todos los hombres y mujeres. La noche dichosa que “ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos”. La noche “en que se une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino”.

Este año, más que nunca. Año en que, nosotros, los hijos de la Pascua, debemos vivir la alegría de la conversión y la reconciliación. Año en el que el hombre tiene la oportunidad de unirse a sus hermanos y hermanas, unirse a la creación, unirse a Dios.

 

 

 

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