Confía en mí, Arrójate a mis brazos

Érase una familia feliz que vivía en una casita de suburbio. Pero una noche estalló de improvisto en la cocina un incendio espantoso.

Cuando las llamas comenzaron a propagarse, padres e hijos salieron fuera corriendo. Se abrazaron e impotentes, contemplaban desconsolados su hogar envuelto en llamas y humo.

Entonces, con horror y pena indescriptibles, cayeron en la cuenta de que faltaba el más pequeño, un niño de cinco años. En el momento de salir, asustado por el crepitar de las llamas y sintiéndose ahogar por la acidez del humo, volvió atrás y subió al piso de arriba.

¿Qué hacer? El padre y la madre se miraron desesperados e impotentes, las dos hermanitas comenzaron a llorar: lanzarse a aquel horno era imposible. Y los bomberos no acababan de llegar…

Pero he aquí que arriba, en lo alto, se abrió la ventana del desván, y el niño se asomó gritando con fuerza: “¡Papá, papá!”

El padre, esperanzado, respondió: “¡Salta hijo, salta!”

Debajo de sí el niño sólo veía fuego y humo, pero oyó la voz de su padre y contestó: “¡Papá, no te veo!…”

“Te veo yo, hijo, y basta. ¡Salta!” gritó el hombre con toda su alma.

El niño saltó y cayó sano y salvo en los cariñosos brazos de su padre, que lo había recogido al vuelo.

Con Dios sucede lo mismo…                                            

En los momentos de peligro su voz se deja oír: “Confía en mí, arrójate a mis brazos…” 

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