La riqueza está en tu corazón

Cuentan que un Maestro Sabio tuvo que refugiarse en la cabaña de un pescador a causa de una tormenta. El pescador que no sabía quién era su huésped le ofreció una humilde cena y una cama.

A la mañana siguiente, al despedirse, el Maestro le dijo quién era, le dio las gracias por la hospitalidad y le dijo que le pidiera lo que quisiera.

“Quiero oro”, le dijo el pescador.

Preocupado por su bienestar, el Maestro le aconsejó: “El oro adquirido sin esfuerzo es una maldición, no una bendición. Te enseñaré por tanto la manera de adquirirlo”.

En la playa, en frente de tu casa, hay una piedra mágica. Si la encuentras y tocas con ella un trozo de acero, éste se convertirá en oro.

El pescador que llevaba una pulsera de acero se puso de inmediato a buscar la piedra mágica. Tocaba su pulsera con las piedras y las lanzaba al mar. El ansia del oro no le permitía descansar. Y así fue lanzando todas las piedras al mar.

Finalmente, miró su pulsera y, oh sorpresa, se había convertido en oro. Pero, ¿dónde estaba la piedra mágica? La había lanzado al fondo del mar.

La piedra mágica se había perdido en el frenesí avaricioso de encontrarla y hacerse rico.

El mejor uso de la vida es gastarla en algo que perdure más allá de la misma vida.

 

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