El ladrillo

Dos anacoretas vivían juntos y jamás habían tenido una discusión. Un día uno de los dos dijo a su compañero: «Yo creo que, al menos una vez en la vida, tú y yo deberíamos tener una disputa como las tiene todo el mundo. Así sabríamos qué es eso de reñir».

A lo que su compañero respondió: «Si tú quieres, tengámosla. Pero lo malo es que yo no sé cómo empezar».

«Muy sencillo -dijo el primero- Voy a poner un ladrillo entre nosotros y después diré ‘Este ladrillo es mío’. Y tú me contestarás: ‘No, me pertenece a mí’. Esto nos llevará a polemizar y a disputar».

Colocaron, pues, el ladrillo entre ambos. Y el primero dijo: «Esto es mío».

El segundo respondió: «No; estoy seguro de que es mío». Y el primero insistió: «No es tuyo, es mío, siempre ha sido mío». A lo que, esta vez, respondió el segundo: «Está bien. Si te pertenece, cógelo».

Y así fue como los dos anacoretas no lograron pelearse. Pienso que el candor de esta ingenua narración deja en ridículo todas nuestras disputas por varias razones.

La primera, porque demuestra que al menos el 99 por 100 de nuestras riñas surgen por tonterías que carecen de toda importancia.

La segunda, porque la mayor parte de nuestras discusiones surgen de afanes de posesión. Si se borraran del diccionario las palabras «mío» y «tuyo» se acabaría la mayor parte de las polémicas entre los hombres.

La tercera conclusión es la de aquel viejísimo refrán que cuenta que «dos no riñen si uno no quiere». A mí me gustaría pedir a todos mis amigos que, antes de comenzar a discutir, pasen por el tamiz de la ironía los motivos por los que van a discutir. Les parecerán ridículos. Y descubrirán que la amargura que deja toda polémica detrás de si es una fruta que no vale la pena probar.

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