Cada día más cerca

Cuando decimos que la ancianidad nos acerca a la meta, no estamos pensando precisamente en la muerte, sino en algo más importante que la muerte. Estamos llegando a la meta por la cual hemos vivido todos nuestros años: Dios y la eternidad.

Todos tenemos miedo hablar de la cercanía de la muerte, porque nos imaginamos que con ello herimos nuestros sentimientos y es como anunciarles la muerte. Personalmente me parece muy equivocada esa manera de pensar.
Los novios no sienten pena cuando se acercan a la meta de su matrimonio.
La madre no siente pena cuando se acerca el momento de tener un hijo en sus brazos.
El estudiante no siente pena cuando se acerca el momento de su graduación.
El aspirante al sacerdocio no siente pena cuando se acerca el momento de su ordenación.

Porque matrimonio, hijos, graduación, sacerdocio son metas por las que luchamos y vivimos.
¿Y acaso no vivimos pensando en el momento de que nuestra vida se realice plenamente en el encuentro con Dios?
¿Acaso Dios no es la meta de todas nuestras vidas?
¿Y no ha de ser Dios la alegría y el gozo de que ya estamos cerca de Él y casi los estamos tocando ya con las manos?

Miramos demasiado a la muerte y miramos demasiado poco a lo que la muerte nos posibilita. ¿No dijo Jesús que, si el grano de trigo no muere, no da fruto? Pues ¿Qué otra cosa es la muerte que ese morirse el grano de nuestras vidas para florecer en la presencia y en la compañía de Dios?

No tengamos miedo a la meta. No tengamos miedo en llegar, porque ahí es donde todo comienza de nuevo.

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